Un sesgo de cálculo oculta cantidades relevantes de PFAS en el suministro de agua
Un trabajo de la Texas Christian University (TCU), publicado en la revista Cell Reports Sustainability, concluye que la práctica habitual de registrar como ceros las mediciones por debajo del nivel mínimo de notificación (LMN) puede subestimar hasta un 50 % la concentración media real de PFAS en el agua potable de Estados Unidos. Los autores analizaron más de 1,8 millones de registros procedentes de 9.991 sistemas comunitarios recogidos por la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (EPA).
Las PFAS (sustancias perfluoroalquiladas y polifluoroalquiladas) son compuestos sintéticos persistentes que la epidemiología ha vinculado con cáncer, daños hepáticos y trastornos del desarrollo neurológico en niños. La EPA exige el seguimiento de hasta 29 variedades en el agua de consumo y regula de forma vinculante al menos seis, entre ellas PFOA y PFOS, según recoge el estudio.
El problema detectado no reside en los laboratorios sino en el tratamiento estadístico de los resultados: cuando una medición cae por debajo del LMN el instrumento no distingue la señal del ruido de fondo y el resultado se anota como «no detectado». Esa anotación, usada como cero en los cálculos agregados, diluye las medias nacionales, explican los autores dirigidos por Gehendra Kharel.
- Volumen de datos: más de 1,8 millones de registros analizados.
- Sistemas incluidos: 9.991 sistemas comunitarios de agua potable.
- Efecto estimado: la práctica estándar captura solo el 44 % de la concentración promedio estimada; hasta el 50 % queda sin contabilizar.
Los autores ejemplifican el sesgo con las seis PFAS que la EPA regula de forma vinculante: la media nacional oficial para esas sustancias es de 2,6 nanogramos por litro, mientras que la modelización del equipo sitúa esa media en 5,2 nanogramos por litro, es decir, aproximadamente el doble.
| Indicador | Valor según registros oficiales (media) | Valor estimado por la modelización del estudio |
|---|---|---|
| Concentración media de las seis PFAS reguladas | 2,6 ng/L | 5,2 ng/L |
Los autores advierten que dar por cero lo que el laboratorio no detecta tiene consecuencias en la vigilancia ambiental y en la definición de políticas públicas: los promedios nacionales y las decisiones regulatorias pueden basarse en cifras sistemáticamente bajas. Según el estudio, una muestra «no detectada» no equivale a agua limpia; simplemente es una muestra que el instrumento no pudo cuantificar por debajo de su límite de lectura.
El trabajo subraya la necesidad de aplicar métodos estadísticos más conservadores o de imputación para las observaciones por debajo del LMN, así como de comunicar con transparencia los límites de detección y la incertidumbre asociada a las estimaciones nacionales y locales.
La investigación no cuestiona la labor analítica de los laboratorios, sino la práctica extendida en hojas de cálculo y bases de datos que transforma los «no detectados» en ceros. Ese detalle técnico tiene implicaciones prácticas en la evaluación del riesgo sanitario y en la priorización de actuaciones de mitigación y tratamiento del agua.
En los últimos años, la presencia de PFAS en fuentes de agua potable ha motivado respuestas regulatorias en distintos países y regiones. En Estados Unidos, la EPA ha ido ampliando sus requisitos de monitorización y ha fijado límites para algunas sustancias; el nuevo estudio añade un matiz metodológico que podría influir en cómo se interpretan y aplican esos datos.
Los autores plantean que gestores, reguladores y científicos revisen las prácticas de tratamiento de observaciones no detectadas y consideren alternativas estadísticas que reduzcan la subestimación. Un enfoque más riguroso en el manejo de datos, sostienen, es una condición previa para evaluar con precisión la exposición de la población y diseñar respuestas eficaces.
El hallazgo del equipo de la TCU llega en un momento de creciente atención internacional sobre las PFAS: varios países y la Unión Europea debaten restricciones, límites y medidas de remediación por sus efectos persistentes y su potencial impacto en la salud pública.