Regando el jardín en un campo minado

Pedagogía europeísta en tiempos de crisis del proyecto europeo

La llamada de las instituciones a votar en las elecciones europeas es más intensa esta vez. Las regiones ultraperiféricas no suelen ser muy participativas. A pesar de todo lo que se juegan en la política de cohesión y la política agraria, los electores de estos nueve territorios se lo toman con calma el día de la votación. Su participación está significativamente por debajo de la media europea.

La apelación institucional viene a ser: “Esta vez va en serio”. En el relato oficial, “lo serio” son los demonios interiores que amenazan el proyecto europeo: del viejo-nuevo nacionalismo, a las fake news; de Rusia, a la presión migratoria en el Mediterráneo; del Brexit, a la instalación de gobiernos populistas.

La Unión “pasa por la peor crisis de su historia”, observó el eurodiputado Juan Fernando López Aguilar, del grupo Socialdemócrata, en una misión pedagógica organizada por el Parlamento Europeo en la sede del Parlamento de Canarias este 30 de noviembre. A su lado, Gabriel Mato Adrover, también diputado en la Eurocámara, del Partido Popular Europeo, que alertó del “regreso a Europa de movimientos nacionalistas, populistas y extremistas”. La crecida de “una ultraderecha rampante”, “el desafío al Derecho europeo” por los gobiernos de Polonia, Hungría o Italia, y su desobediencia del “mandato vinculante de solidaridad” durante la crisis migratoria ponen en peligro el proyecto europeo y merecen una respuesta masiva en las urnas en mayo próximo –se dijo, en resumen. 

Los síntomas y la causa

Algunos observadores empiezan a preguntarse si, en este relato de la crisis de la Unión Europea con el que sus instituciones y agentes pretenden movilizar el voto, se están confundiendo los síntomas con la causa. 

Es el caso de William Davies, que este viernes 30 de noviembre ha contribuido a la serie de The Guardian sobre el populismo con una tesis sugerente, la de un cambio en el “estatuto de lo verdadero” en la sociedad, una “forma diferente de organizar el conocimiento y la confianza”. Ha quebrado el contrato de confianza en las instituciones, sumiendo la democracia liberal y a sus élites –legisladores, gobernantes, funcionarios, jueces, expertos, periodistas,…–  en una crisis de legitimidad sin precedentes. El modelo de representación de lo verdadero en la sociedad liberal tiene su origen, según Michel Foucault, en la segunda mitad del siglo XVII, con el ascenso de una nueva clase de funcionarios y expertos, y la acomodación de un pacto tácito en la sociedad: que, en lo sucesivo, el conocimiento residirá en las estadísticas del Gobierno, los documentos oficiales, las sentencias, los periódicos y las revistas científicas. Ese orden ha desaparecido, y no regresará –sostiene el señor Davies. La revolución tecnológica, una globalización que deja atrás a muchos y una ansiedad identitaria provocada por los movimientos migratorios han sido conductores del cambio. Las élites, con su comportamiento, también han contribuido lo suyo a su propio descrédito. El auge de los partidos anti-sistema y de los demagogos es solo el síntoma, pero no la causa a la que hay que apuntar, que es la quiebra de un sistema basado en la confianza entre el público y las élites.

La cuestión es si funcionará una campaña de animación al voto que infunde el miedo a los síntomas mientras esquiva la causa del problema. Puede que no baste con regar un jardín vallado en un campo de minas para expulsar los fantasmas del proyecto europeo. La agenda de la reunión del G20 en Buenos Aires no entiende de las preocupaciones cada vez más locales de la Unión Europea. El acuerdo comercial China-Estados Unidos, la guerra fría arancelaria entre Estados Unidos y la Unión Europea, las grietas en la relación transatlántica o el desplazamiento del poder global hacia el eje China-Pacífico, que son expedientes decisivos para el futuro de la Unión, han estado en la declaración oficial de Donald Tusk antes de la reunión del G20 y, en cambio, no aparecieron en la intervención de los eurodiputados al describir las amenazas a la integración europea. Y sin embargo, como dijo elocuentemente el señor López Aguilar: “La Unión Europea es la medida de nuestra identidad para ser globalmente relevantes”.

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